por: MarÃa Fernanda Pérez
06/02/2026 | 5:30 pm
Foto de Samantha Gades en Unsplash
El minimalismo extremo ha dejado de ser una tendencia pasajera para consolidarse como una filosofÃa de transformación profunda que desafÃa el consumo desmedido.
Esta corriente propone un despojo radical de lo material, bajo la premisa de que el primer paso hacia una vida plena consiste en eliminar todo aquello que no aporte un valor real o una felicidad genuina al individuo.
Lejos de ser un acto egoÃsta, este proceso suele desembocar en una cadena de solidaridad, ya que la mayorÃa de los practicantes optan por donar sus excedentes a quienes más los necesitan.
Para quienes deciden «convertirse» a este estilo de vida, el camino suele comenzar con desafÃos estructurados que ponen a prueba el apego emocional a los objetos. Estas dinámicas, que funcionan como puentes hacia una mentalidad más libre, plantean metas concretas.
De este modo, muchos inician la transición limitando su entorno a menos de 100 posesiones totales, una cifra que obliga a priorizar lo esencial, mientras otros prefieren procesos graduales como el reto de las 40 bolsas en 40 dÃas para limpiar sus espacios de forma sistemática.
Esta disciplina se extiende rápidamente al closet mediante el Proyecto 333, que propone vestirse con solo 33 prendas durante tres meses, o aplicando la regla de oro de «uno entra, uno sale» para mantener el equilibrio material.
Finalmente, la máxima de regalar todo aquello que no se haya utilizado en un año actúa como el filtro definitivo para evitar que el desorden regrese, permitiendo que la filosofÃa trascienda lo fÃsico.
Lo cierto es que, el minimalismo no se detiene en las paredes del hogar, sino que se infiltra en las decisiones profesionales y personales para rediseñar el concepto de éxito.
Un ejemplo claro de esta metamorfosis es Daniela Callejo, quien a los 36 años decidió abandonar una trayectoria en la comunicación de marcas de lujo para volcarse al servicio público en el Anses y al estudio de la filosofÃa.
Su transformación implicó dejar atrás un departamento de tres ambientes en Puerto Madero, Argentina, para mudarse a un espacio de apenas 35 metros cuadrados, tras vender y donar absolutamente todos sus muebles y ropa, demostrando que el verdadero lujo puede residir en la ligereza de equipaje.