por: MarÃa Fernanda Pérez
07/01/2026 | 6:30 pm
Riccardo en Pexels
La salud mental no es una fórmula matemática universal, sino un concepto que se transforma al cruzar fronteras, lo que nos lleva a entender que la normalidad es, en gran medida, una construcción cultural que dicta cómo debemos sentir y expresar nuestro dolor.
Mientras que la Organización Mundial de la Salud define el bienestar como un estado funcional, el modo en que ese equilibrio se manifiesta depende de los valores locales, creando un contraste donde lo que en Occidente se aplaude como honestidad emocional, en Asia oriental puede castigarse como una falta de autocontrol inadmisible.
Lo cierto es que esta divergencia se profundiza al observar cómo cada sociedad interpreta el origen del sufrimiento, ya que mientras los modelos individualistas estadounidenses priorizan la autonomÃa y la autorregulación, en comunidades de América Latina o el Mediterráneo la salud mental se vive como un proceso colectivo y profundamente ligado a la armonÃa de las relaciones familiares.
Esta visión social se extiende incluso a la forma de buscar ayuda, integrando a lÃderes espirituales o chamanes en procesos que, en contextos urbanos globalizados, serÃan tratados exclusivamente bajo un lente clÃnico de psicosis o disociación, demostrando que el sÃntoma es un lenguaje que solo cobra sentido dentro de su propia cultura.
La delgada lÃnea entre el diagnóstico y la tradición
El peso del estigma también varÃa drásticamente, transformando un diagnóstico en una carga hereditaria en paÃses como Japón, o en una oportunidad de introspección filosófica en entornos budistas, lo que obliga a concluir que el sistema de salud del futuro debe ser esencialmente intercultural.
En un mundo interconectado por la migración, la capacidad de un profesional para descifrar si un comportamiento es un trastorno o una respuesta cultural legÃtima es la única vÃa para evitar la medicalización innecesaria y garantizar que el cuidado de la mente respete la identidad de cada individuo.