por: Edgar Pilca
02/01/2026 | 11:30 am
Brian Lawless_PA vía AP
El polémico peleador irlandés, Conor McGregor, volvió a acaparar los titulares globales, no por sus hazañas en el octágono, sino por una metamorfosis personal vivida en territorio mexicano y un golpe legal en su tierra natal.
Tras un mes de absoluto silencio en sus plataformas digitales, el excampeón de UFC reveló haber pasado por lo que define como «la experiencia más iluminadora» de su vida.
McGregor se trasladó a una clínica en Tijuana, México, para someterse a una terapia con ibogaína, una sustancia psicoactiva extraída de la planta africana Tabernanthe iboga.
Bajo supervisión médica vinculada a protocolos de la Universidad de Stanford, el luchador permaneció 36 horas inmerso en un estado introspectivo profundo. Según sus propios testimonios en redes sociales, la experiencia le permitió confrontar traumas personales de manera frontal.
«Cuando desperté, era yo otra vez. Salvó mi vida y la de mi familia», declaró el irlandés.
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McGregor detalló visiones, incluyendo la percepción de su propia muerte y el vacío que dejaría en la vida de sus hijos. Este episodio, lejos de ser solo psicológico, asegura que le reforzó su fe cristiana.
Sin embargo, el misticismo de su viaje a México contrasta drásticamente con la realidad jurídica que enfrenta en Europa. Casi en paralelo a su anuncio de sanación, el Tribunal Supremo de Irlanda cerró la última puerta legal del deportista.
La máxima instancia judicial irlandesa rechazó el recurso presentado por McGregor contra la condena civil que lo halló responsable de la violación de Nikita Hand.
Con esta decisión, la sentencia firme ratifica el fallo previo, dejando al luchador sin más opciones de apelación en este proceso civil que marcó su reputación en los últimos años.