por: MarÃa Fernanda Pérez
04/02/2026 | 5:30 pm
Foto de Maximus Mazar en Unsplash
La zona de exclusión de Chernóbil, de 2 mil 590 kilómetros cuadrados, se ha convertido en un escenario surrealista donde la vida no solo persiste, sino que se reinventa bajo reglas que la ciencia apenas comienza a descifrar.
Lo que alguna vez fue el hogar de miles de personas hoy es un santuario involuntario donde especies salvajes y mascotas abandonadas conviven con niveles de radiación que, aunque invisibles, han comenzado a esculpir nuevas formas de existencia y supervivencia en el norte de Ucrania.
Adaptarse para no morir
Uno de los hallazgos más sorprendentes para investigadores como el biólogo Germán Orizaola es la respuesta adaptativa de los anfibios, especÃficamente de las ranas que habitan la zona, las cuales han desarrollado una coloración significativamente más oscura que sus parientes de áreas limpias.
Este cambio no es una simple anomalÃa estética, sino una sofisticada barrera de protección, ya que la melanina que oscurece su piel actúa como un escudo natural capaz de disipar parte de la energÃa de la radiación ionizante, permitiendo que la vida continúe en charcas que, técnicamente, deberÃan ser letales.
Foto de Adrian Infernus en Unsplash
Arañas confundidas y «vacas salvajes»
La huella del cesio-137 y otros radionúclidos se manifiesta de formas más perturbadoras en el comportamiento de los seres más pequeños, como se evidencia en las telarañas de las aldeas fantasmales, las cuales han perdido su geometrÃa perfecta para convertirse en estructuras caóticas, irregulares y llenas de agujeros que delatan un sistema nervioso alterado por el entorno.
Mientras tanto, en una escala mayor, los mamÃferos parecen estar reclamando el territorio de una manera inesperada, con vacas que han abandonado su domesticidad para organizarse en manadas con estructuras sociales complejas, demostrando que la ausencia del ser humano ha sido un catalizador de cambio más potente que la propia contaminación.